Cruyff

Johan

Dicen que el alma pesa 37 gramos. Independientemente de si esta afirmación es cierta o no, es innegable que el poder de los recuerdos construye imágenes vividas que recordamos a lo largo de toda una existencia. La levedad del ser es un hecho, pero la omnipotencia del alma persiste por los siglos de los siglos. Y es que la muerte física no tiene porque conllevar la desaparición de la historia. La historia construida por una persona y que sobrevive el paso del tiempo.

El jueves 24 de marzo Cruyff dejó este mundo. Un Jueves Santo. Un cáncer de pulmón puso fin a una historia de 68 años. El holandés ya forma parte de la eternidad por ser uno de los mejores jugadores de fútbol de todos los tiempos. Pero su figura ha transcendido la de mera estrella de futbol. El poder de la abstracción y de los recuerdos otra vez.

Pensar en Cruyff es volver a la infancia, a un mundo en el que recibías la paga semanal de 100 pesetas, jugabas con los amigos en la calle y hacías los deberes antes de cenar. Recordar a Cruyff es regresar a un tiempo en el que no existían las redes sociales, donde la radio y la televisión todavía eran poderosos y significaban la conexión de la familia con el mundo exterior. En ese ecosistema, el fútbol continuaba siendo la fábrica de los sueños que es hoy en día, aunque con cifras menos exorbitadas y un calendario más racional.

Probablemente te haces de un equipo por puras casualidades. Que tu padre sea del Barça influye, pero normalmente subes al carro ganador. Y en aquellos años, finales de los 80 y principios de los 90, el arte y el triunfo estaban representados por el Barcelona, que entrenaba Johan Cruyff. Cruyff sacó al Barça del blanco y negro. Lo hizo como jugador y lo volvió a hacer como entrenador. Los primeros 90 años de historia del Barcelona se caracterizaron por algunos títulos nacionales, por una gloria europea que sólo alcanzaba la Recopa (y que actuó como tabla de salvación y de prestigio durante muchos años), por un infortunio europeo casi sideral (Basilea y Sevilla como noches negras) y por el estigma de ser el equipo odiado de la dictadura. Hasta la llegada de Cruyff, la temporada del Barça consistía en ganar al Madrid e intentar sumar el máximo de puntos posibles para ver si sonaba la flauta y se ganaba la Liga o bien triunfabas en la Copa. Pasión y sentimiento sin modelo.

No es que el Barça fuera un equipo menor. Atraía estrellas internacionales, cargaba con la responsabilidad de representar simbólicamente el antifranquismo y el catalanismo y contaba con una base social poderosa. Sin embargo, aún tenía que dar el paso.

Al final, la vida se decide por una suma de decisiones. Puedes sobrevivir o puedes vivir con intensidad. Puedes quedarte en tu zona de confort o puedes arriesgarte y vivir al límite. Puedes jugar con 4 o 5 defensas copiando sistemas anticuados de juego o puedes inventar la figura de ‘4’ y jugar con dos carrileros. Puedes defender a muerte y ganar 1 a 0 o puedes anotar 5 goles, asumiendo que tú puedes encajar 4, 6 o 8. No importa. Eres fiel a tus principios y los disfrutas. La vida y el futbol, los dos fruto de las decisiones que tomamos. La diferencia es notable.

En vez de preguntarse de escudarse en preguntas sin respuestas, léase Mourinho y sucedáneos, se trata de buscar respuestas a las preguntas. En vez de adaptarte a los tiempos, se trata de avanzarte a ellos.

Antes de la llegada de Cruyff al banquillo culé, la proporción de títulos de Liga entre el Barça y el Madrid era de 10-25. Ahora se sitúa en 23-32. #GraciasJohan.

El río de la vida

Springsteen y Clarence Clemons
Springsteen y Clarence Clemons

“The River trata sobre el matrimonio, los hijos, la vida en pareja y la asunción de un compromiso. En ese sentido, el disco me permitió conectar con un mundo que temía y me alejó de mis tendencias más oscuras”. No son exactamente las palabras que utiliza Bruce Springsteen para referirse a la creación de The River en el documental conmemorativo que acompaña a la caja, editada hace dos meses, para celebrar los 35 años del disco, pero representan, de manera bastante certera, el mensaje que quiere transmitir.

En 1980, Bruce Springsteen cumplió 31 años. La treintena es la etapa de la vida que divide la inocencia de la juventud y el realismo de la madurez. Es entonces cuando los individuos comienzan a construir proyectos y sueños comunes que transcienden la individualidad. Los lazos (Una palabra muy importante en The River) unen corazones e ilusiones. Cuando se rompen, comportan dolor y desesperanza. Pero es parte de la existencia y en la década de los 30 se dirime, en parte, el camino que seguiremos durante la mayor parte de nuestra vida.

Tal como afirma Springsteen, “la vida creativa no es vida”. Las canciones de The River manifiestan pues, una urgencia desmesurada por superar la épica urbana de Born to Run y el individualismo desesperanzador de Darkness of The Edge of Town.

Springsteen, Barcelona, 21 d'abril de 1981. Un momento histórico
Springsteen, Barcelona, 21 d’abril de 1981. Un momento histórico

En The Ties that bind, el protagonista conmina a la chica a afrontar aquellas decisiones que son inajornables: el amor, el compromiso y la búsqueda de un lugar en el mundo. No se puede huir eternamente. Las decepciones sentimentales se representan en Two Hearts, donde una mujer, con el corazón roto, pierde la esperanza del volverse a enamorar. “Un día descubrirás que dos corazones son mejor que uno”, dice Bruce. La engañosa melodía de Hungry Heart nos hace creer que estamos ante una canción alegre, pero narra una ruptura familiar en busca del redescubrimiento del amor. Independence day nos explica otra partida, en este caso la del nido familiar. A lo largo de las líneas, descubrimos que el personaje pierde el rencor respecto a su padre, pero es inevitable, dice, tomar un nuevo rumbo. “Mucha gente está dejando la ciudad, a sus amigos y sus hogares, por la noche recorren esa oscura y polvorienta carretera completamente solos”. Un nuevo día comienza.

En I wanna marry you, el matrimonio se cierne sobre los protagonistas. En cambio, en The River, Bruce se sumerge en las consecuencias de las decisiones obligadas y en las historias de amor que se apagan como efecto de estas. Pointblank relata otra inmersión en los infiernos a través de la historia de una pareja. En Stolen Car, el personaje principal descubre que pasa cuando los lazos que nos unen a la comunidad desaparecen. Fade Away es un canto desesperado de un enamorado que no se resigna a perder a su amante. La sinrazón del amor vuelve a aparecer en Drive all night, una auténtica epopeya urbana. Wreck on the Highway cierra el doble LP y avanza la desolación que Springsteen abordará en Nebraska.

Contraportada de The River
The River o los retos de la vida adulta

Quizás la mejor definición del álbum la encontremos en la contraportada. Una pareja de novios a las puertas del altar y un conjunto de novias esperando su turno. La vida de las personas está plagada de líneas divisorias y de decisiones inesperadas que nos hacen pensar que el camino que seguimos, en ocasiones, es inescrutable. Una carretera, un sueño, una canción, un coche, una llamada a medianoche, una visita inesperada. Diversos elementos que pueden configurar una existencia.

Una caja majestuosa

Además del disco remasterizado, de la primera versión original, que se titulaba The Ties that Bind, y del documental que relata la creación de The River, la caja conmemorativa se completa con un fabuloso concierto celebrado en Tempe, Arizona, el 5 de noviembre de 1980, y con una caja de fabulosos outtakes o descartes. Muchos de aquellos ‘tesoros’ perdidos hubieran merecido estar en la selección final: son los casos de Roulette, Be True o incluso la desconocida hasta ahora Stray Bullet.

35 años después

El Springsteen de 1980 estaba sometido a importantes tensiones emocionales. Detrás de la fachada de un rockero poderoso, capaz de realizar 3 horas de concierto sin casi despeinarse, se escondía una personalidad con grandes dudas vitales. En una entrevista concedida a la revista New Yorker, el cantante reconoció que en esa década tuvo depresión y experimentó pensamientos suicidas. En la cima del éxito, Springsteen cayó en una espiral de pánico y autodestrucción. Situación que le llevó a seguir terapia psicológica, que nunca ha abandonado.

Hoy en día, Springsteen, con 66 años a sus espaldas y una familia más que consolidada, ha encontrado el equilibrio entre su vida personal y profesional. Ha ganado todos los premios posibles, ha vendido millones de discos y llena estadios con una facilidad pasmosa.

35 años después de pisar por primera vez Barcelona, Bruce volverá a la Ciudad Condal el 14 de mayo para repasar las canciones de The River. Y como aquel lejano 21 de abril, el río de la vida volverá a discurrir con fuerza por nuestros corazones.

París

El dolor y la culpa

Desde que se produjeron los terribles atentados de París, una acusación sobrevuela las tertulias periodísticas, las conversaciones callejeras y los timelines de Twitter y Facebook. ¿Somos unos insensibles por movilizarnos en contra de la barbarie de París? ¿El no hacerlo con la misma intensidad respecto a otros atentados en otros lugares más lejanos rebaja nuestra humanidad? Mucho se ha escrito en los últimos días alrededor de esta cuestión y de manera muy interesante. El atentado de Malí lo ha acentuado.

En primer lugar, dudo que a alguien de los que se ha mostrado afectado por los ataques de la capital francesa le resulten indiferentes las matanzas en Beirut o en Bagdad. La vulneración de los derechos humanos no entiende de orígenes y es igualmente execrable tanto en Europa como en Asia o el resto del mundo.

No obstante, considero en cierta manera insultante las críticas que se han despertado estos últimos días contra todas aquellas personas que se han mostrado su solidaridad a través de las redes sociales, ya sea coloreando su foto de perfil con la bandera francesa o publicando mensajes de pésame. Me parece lógico que nos afecte más aquello que ocurre a poca distancia de nuestro lugar de vida que lo que sucede a miles de kilómetros.

Coincido en que los atentados de París se suman a una lista ignominiosa de la tragedia que no se inicia en la capital francesa. A pesar de no ser un experto en terrorismo, creo que todos podemos compartir que este tipo de terror tiene muchas aristas y muchos protagonistas, algunos de ellos desconocidos. No voy a dedicar líneas a proponer soluciones porque ni las tengo ni sé que decir. ¿Es la respuesta bélica la solución al problema? Creo que no. ¿Lo es el recorte de libertades? Opino que tampoco. ¿Hemos de renunciar a nuestros valores y principios para combatir esta lacra? Para nada. “Cuando miras al abismo, éste también te mira a ti”, afirmaba Nietszche.

Sin intención de caer en el idealismo, el otro día me sentí ciertamente conmovido al ver un vídeo en el que un padre le explica a su hijo los atentados de París: “Ellos tienen bombas, nosotros tenemos flores”. Pascal Boniface, francés, director del Instituto de Relaciones Internacionales Estratégicas de París, afirma en un artículo titulado “Queremos la victoria, no la venganza”: “El terrorismo debe suscitar una movilización global, pero no hay que contentarse con luchar contra sus efectos; hay que reflexionar sobre sus causas. Los que apoyaron la guerra de Iraq no están precisamente en la mejor situación para explicarnos cómo luchar contra el Estado Islámico, que resulta ser una vicisitud derivada de esta guerra”.

No nos equivoquemos. El dolor y el impacto emocional no suelen ser buenos consejeros a la hora de buscar soluciones a estas amenazas globales. Las guerras de Afganistán e Irak no sirvieron para mejorar la situación. Dudo que una intervención militar ahora equilibre la balanza. Si abordamos el tema, lo hemos de hacer con luz y taquígrafos: ¿estamos dispuestos a desnudar las vergüenzas del mercado armamentístico? (España es uno de los principales vendedores) ¿Los países occidentales están dispuestos a replantearse sus relaciones con algunos socios árabes cuando es sabido que han apoyado económicamente el terrorismo?.

Exijamos a nuestros políticos una respuesta contundente pero sensata. No convirtamos de manera injusta a más personas en víctimas por acciones de las que no tienen ninguna responsabilidad. Y, sobre todo, no levantemos muros y líneas divisorias en cuanto al dolor. Albert Lladó apuntaba en La Vanguardia: “La tristeza no nos hace más injustos. Al contrario: demuestra que somos humanos. Las lágrimas no levantan tratados de ética. Tampoco los borran”. 100% de acuerdo.

Regreso al Pasado

Marty McFly llegó al futuro el 21 de octubre
Marty McFly llegó al futuro el 21 de octubre

La semana pasada volví a la infancia. Los años 80 se presentaron de nuevo ante mis ojos. De pronto, sentí el tacto de los VHS y de los casetes, de los diskettes de 1,44 megas y de los walkmans que casi no te cabían en el bolsillo. En este mundo todavía no existían los smartphones ni, por supuesto, las redes sociales. En los 80, la única identidad del individuo era la real. Según la ficción cinematográfica, el pasado 21 de octubre, Marty McFly, el inolvidable protagonista de Regreso al Futuro (o al pasado, puesto que los desplazamientos temporales en las películas son hacia ambos sentidos), hubiera llegado al futuro, es decir, al futuro que marcaba el Delorean. 21 de octubre de 2015. 30 años. El futuro era ya.

El viaje en el tiempo ha sido desde siempre una de las grandes obsesiones del hombre. Ya lo avanzó H.G. Wells en La máquina del tiempo o Isaac Asimov en El fin de la eternidad. Recientemente, Stephen King jugó con la misma temática en su novela 22/11/63. La huida hacia adelante, la expiación de los pecados, la búsqueda de un mundo mejor o la voluntad de interactuar sobre el pasado para modificar el presente han sido las razones que han justificado el desplazamiento temporal. Puedo dar fe de ello: elucubrar sobre un posible viaje temporal es una sensación curiosamente atractiva. El día que Marty McFly llegó al futuro y todo el mundo analizó si el film había acertado en sus predicciones, yo decidí tomar el viaje de vuelta para comprender cómo habíamos evolucionado estas tres décadas y si había valido la pena.

En 30 años hemos asistido al accidente nuclear más grave de la historia, ha caído el

22/11/63
22/11/63

muro de Berlín, en mi ciudad se han celebrado las mejores olimpiadas de la historia, hemos visto como las torres gemelas se desplomaban en directo, como el dolor por el terrorismo golpeaba también Madrid y Londres y como España ganaba un mundial. El Barça, por cierto, ha pasado de 0 a 5 Champions. 30 años han dado para mucho.

Estas tres décadas han servido para avanzar en el conocimiento de algunas enfermedades. El SIDA, cuya mención ya provocaba un terror absoluto, se mira hoy con mucha más confianza. La batalla contra el cáncer sigue su curso, mientras que la medicina progresa en otros campos de la salud a pasos agigantados.

En la actualidad, nos invade la sensación de que estamos cercanos al caos y que pronto procederemos a la autodestrucción. Como colectivo, la humanidad ha fracasado. O al menos en algunos aspectos. Un mundo donde menos del 1% de la población tiene tanto patrimonio como todo el resto del mundo junto no es humano. Un planeta donde 8.500 niños mueren al día por desnutrición es una vergüenza. La corrupción, mejor ni mentarla.

Puede que sea el síndrome de la Edad de Oro, es decir, pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero lo dudo. La generación actual ha perdido, hemos perdido, la capacidad de reflexionar y disfrutar de la vida. Nos despertamos acelerados y nos vamos a dormir acelerados. Ya no disponemos del tiempo para valorar si nuestra vida transcurre por aquellos parajes que nos habíamos imaginado. Cada vez cuesta encontrar más razones para seguir creyendo.

Programando el Delorean hacia atrás, me doy cuenta ahora de lo afortunado que fui con mi infancia, del entorno en el que crecí y de las experiencias que viví. Y de todo lo que aprendí. Recuerdo el final de los años 80 y el principio de los 90 con una mezcla de nostalgia, típica cuando miras hacia atrás, y la inocencia que caracteriza a todo niño.

Cada cual vive su vida de la manera que desea, pero debemos coincidir en que solo existe una actitud posible ante ella: vivir de tal manera que al final del día podamos mirarnos al espejo y decir “Lo que hoy he hecho ha valido la pena” o “Lo que hoy he hecho me ha ayudado a ser mejor persona”. Reiremos unas cuentas veces, lloraremos otras tantas y en muchas ocasiones estaremos al borde de la desesperación. Pero tal como dice el proverbio, lo importante es el viaje, no el destino.

Como ya sabéis, este blog narra los viajes que he tenido la suerte de disfrutar. Quería dedicar un post a explicar el viaje más importante de todos los que haremos, el de la vida. Suerte en la carretera y os dejo con esta frase de Hunter S. Thompson:

“La vida no debería ser un viaje hacia la tumba con la intención de llegar seguro y hermoso en un cuerpo bien conservado, sino más bien derrapando en una nube de humo, totalmente agotado y desgastado, proclamado fuerte: ¡Wow, qué viaje!”

El adiós

Tokyo Skytree Tower
Tokyo Skytree Tower

21 días después, la aventura de Japón llegó a su fin. El viaje acabó donde comenzó, en la inmensa e inacabable Tokio. La rutina, sobre todo cuando te somete a un ritmo infernal, provoca que los recuerdos, incluso los más agradables, queden difuminados. En el  mes y medio que ha transcurrido desde que me reincorporé, he dedicado algunos momentos a reflexionar sobre la aventura oriental. Y he llegado a la conclusión que Japón me acompañará a lo largo de toda la vida. Sus sabores, olores y colores. Sus paisajes. Su comida y su bebida. Su atmósfera urbana y su tranquilidad rural. La amabilidad de su gente. Su apego a la tradición.

El día y medio que pudimos disfrutar en Tokio antes de volver a Barcelona vía Moscú fue perfectamente aprovechado. A pesar que es un barrio de Tokio que mucha gente olvida en sus recorridos, en mi opinión es absolutamente recomendable una visita al barrio de Odaiba. Odaiba, compuesta por diferentes zonas, nos muestra el Japón más moderno, con enormes centros comerciales y parques de atracciones. Destaca especialmente el edificio de la Fuji TV. ¿Qué conocemos de ese canal de televisión? Básicamente lo reconocemos por ser el canal

Vista de Tokyo
Vista de Tokyo

que emitió Dragon Ball durante casi una década. Recuerdos de infancia. El anochecer desde Odaiba es absolutamente aconsejable, así como tomar el tranvía que se desliza entre los edificios, componiendo una imagen que se asemeja a Blade Runner.

La zona del Tokyo Dome, con el imponente estadio de béisbol, deporte nacional por excelencia, también merece la pena. Las compras de última hora ocupan los últimos momentos en la ciudad. El mejor barrio para comprar, sin duda, es Shibuya. Allí quemamos nuestra última noche, en un karaoke consumiendo algunos de los mejores minutos de nuestras vidas. Perdidos en la translación, en una urbe enorme. Pero, sin embargo, felices.

A veces no sale el sol

Playa de Okinawa
Playa de Okinawa

Nadie es perfecto. Así acaba la película Some like it hot, que en España se tradujo Con faldas y a loco. Tampoco nada es perfecto. Y la ruta por Japón se acercó a la perfección, pero a una distancia prudente. Okinawa marcó esta diferencia. Cierto es que no se debe culpar a nadie, ni a la belleza, ni al entorno ni a los compañeros. Simplemente, un tifón se interpuso entre esos cinco días que permanecimos en la mayor de las islas.

Okinawa es playa, pero también connota dolor y recuerdo. Las heridas de la Segunda Guerra Mundial todavía permanecen abiertas y se percibe en el ambiente. La isla fue tan diferente a lo que habíamos visto hasta el momento que incluso nos planteamos si todavía estábamos en Japón. Y es que Okinawa se asemeja más a cualquier paraje de un país del Sudeste asiático que al orden obsesivo japonés. Pero vayamos por partes.

Aterrizamos en Okinawa un viernes por la tarde. Tras recoger el coche de alquiler, nos dirigimos hacia el hotel de costa que teníamos reservado en la parte noroeste de la isla. Conducir por Japón no es nada intuitivo, con la dificultad añadida de que se circula por la izquierda, al igual que en Reino Unido, pero con la diferencia que no entiendes los carteles.

Más que un hotel, el lugar donde ibamos a pernoctar 5 noches lo componían tres pequeñas habitaciones sin ninguna comodidad imaginable. La relación calidad-precio cayó por los suelos, pero las tarifas en Okinawa suelen ser inasumibles. La parte positiva es que disponíamos de una vista única hacia la playa y el agua cristalina que dibuja el contorno de la isla. Los amaneceres se presumían espectaculares.

El acuario
El acuario, visita obligada

Nada más llegar, a las 12 de la noche, la propietaria nos advirtió: “A typhon is coming”. Nos fuimos a dormir inquietos por la noticia.

Before the storm

Parecía que el sol escasearía, así que el plan era aprovechar el máximo en la playa. Eso fue lo que hicimos. Tras tres horas bajo el sol traidor de Okinawa – poneros mucha protección solar, ya que quema muchísimo- nos decidimos a hacer una barbacoa. El resto de la tarde la consumimos en un onsen. ¿Os he hablado de los placeres de las aguas termales japonesas? Si no lo he hecho, sólo apuntaré que es aconsejable probarlo.

Los minutos y las horas cayeron. El sol se escondió, lejano en el horizonte. La atmósfera se enfrío. El tifón ya llegaba.

El segundo día en la isla amaneció inquieto. De acuerdo a las predicciones meteorológicas, durante la siguiente madrugada comenzaría el tifón, que duraría aproximadamente 20 horas. Ese día, antes de la reclusión, nos dirigimos a Naha, la capital de Okinawa. Ciertamente, los atractivos turísticos de la ciudad se contaban con los dedos de una mano. A no ser que os apasione la cerámica (Naha tiene un barrio enteramente dedicado a este tipo de comercio), la capital os decepcionará enormemente.

Al llegar a nuestro hotel por la noche, descubrimos que las ventanas habían sido tapiadas con madera. Lo que creíamos una aventura se tornó en respeto y luego miedo. El temporal iba en serio. Nos dormimos temerosos de oír crujir las primeras ramas fruto del viento.

El día del temporal

Pudo ser peor. Después de haber soportado un día entero de reclusión, pudimos

El castillo Shuri
El castillo Shuri

decir que habíamos sobrevivido a un tifón en el Pacífico. Cierto es que, tal como nos confesaron después, era de una fuerza muy inferior a la que están acostumbrados en esos lares.

La jornada pasó rápida gracias a la wifi, que la perdíamos a cada momento, y a las películas que guardábamos en el ordenador. Una vez consumido ese día, ya solo nos quedaba una jornada en Okinawa. Debíamos aprovecharla.

Tras la tempestad llega la calma… o no

Una vez nos levantamos, fuimos conscientes que tampoco podríamos broncearnos ni bañarnos ese día. El acuario de Okinawa, el castillo de Shuri y el Memorial ocuparon nuestro día.

El acuario de Okinawa es uno de los más grandes del mundo. Si os gusta el mundo submarino, es parada obligatoria. El Mar de Japón es uno de los paraísos de la fauna acuática. El acuario lo atestigua.

Para los que quieran profundizar en el pasado medieval de la isla, no deben dudar en visitar el Castillo de Shuri. Fue el primer palacio del reino de Ryukyu. En 1945, durante la batalla de Okinawa, fue casi completamente destruido, quedando sólo algunas paredes en pie apenas a ras del suelo. En 1992, fue reconstruido en el sitio original. Una visita vale la pena, sin duda.

El paisaje
El paisaje desde el Memorial de la Paz, sobrecogedor

Acabamos el día avanzando en el tiempo, situándonos en la posguerra que sucedió a la Segunda Guerra Mundial. Si tuviera que destacar un momento en Okinawa, escogería el momento en el que visité el memorial que honra las víctimas de la guerra. El mar golpeando las rocas, el sol poniéndose, la calma aparente del lugar: todo se conjuga para recordar las almas de los que partieron. La batalla de Okinawa, cuyo nombre clave era Operación Iceberg, se libró en la isla de Okinawa, en las Ryukyu y está considerada una de las que más víctimas causaron durante el conflicto bélico. Hoy en día, Okinawa todavía alberga bases estadounidenses. Los marines no se dejan ver mucho. El pasado atemoriza.

De esta manera, con el recuerdo todavía presente de la Segunda Guerra Mundial, se

The cornerstone of peace
The cornerstone of peace

cierra una etapa en nuestro viaje que no recordaremos con excesivo cariño. No nos vamos con mal sabor de boca. Como decía un gran filósofo, no es el destino, sino el viaje.

Tokyo nos espera para despedirnos, ahora si, definitivamente de Japón.

Templo Todai-ji

Un regreso al pasado: la gloria de Nara

Ciervo en NaraDicen que todos los viajes tienen una línea divisoria. Una separación entre aquello que dejas atrás y todo lo te espera. Y en medio, la toma de consciencia sobre lo que estás viendo. Nara actuó de esta manera sobre mi espíritu. Aunque eso no significa que ese día, el que visitamos Nara, no estuviera cargado de decisiones difíciles. Por ejemplo, descartar Koya-San. La cercanía a Kyoto y, sobre todo, la complejidad que suponía  subir a la montaña donde se encuentra el santuario, decantaron la decisión hacia Nara.

Dos aspectos son característicos en Nara: los ciervos y los templos. Y ambos son abundantes. Respecto a los primeros, a pesar de que al principio sorprenden al visitante, al final, con el cansancio acumulado, restan más que suman. Nara debe visitarse en un día al menos. Nosotros solo disponíamos de medio, así que tuvimos que apresurarnos.

Capital de Japón durante el periodo medieval, Nara ha sabido conservar el encanto y hoy en día es una de las joyas de Japón. Los templos y ruinas de Nara forman parte del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, desde el año 1998. Destacan especialmente los siguientes monumentos, templos budistas y sintoistas: Hōryū-ji, Tōdai ji,

Templo Todai-ji
Templo Todai-ji

Kōfuku-ji, Santuario Kasuga, Gangō-ji, Yakushi-ji, Tōshōdai-ji y los restos de Palacio Heijō.

Nuestra limitación sólo nos permitió adentrarnos por el parque que conduce a todos los templos y centranos en Todai-ji. Verdaderamente, si solo podéis visitar uno, no lo dudéis. Este templo, además de ser precioso, alberga el Buda Gigante, conocido como “daibutsu”. En japonés, recibe el nombre de dainichi o “buda que brilla a lo largo del mundo como el sol”.

Sin duda, lo más destacable de Tōdai ji son las enormes estatuas que flaquean la puerta de acceso y el Buda. sinceramente, encogen el corazón. Dentro del templo, también seréis retados a introducir vuestro cuerpo por en medio de una columna de madera. Si lo conseguís significará que “veréis la luz”.

De la historia a la modernidad en 40 minutos

Gran Buda
Gran Buda

Tras otro breve paso por Kyoto, el día finaliza en Osaka. Se puede decir que Osaka se vive de noche. De hecho, su principal reclamo turístico son los neones que iluminan la vida nocturna de la ciudad. Por eso, es recomendable dedicar dos horas, cuando cae el sol, a recorrer sus calles. El olor a comida, los rostros de sus habitantes, la actitud desenfrenada en bares y restaurantes y el silencio roto por ejecutivos que quieren olvidarse de su larga jornada laboral son indicios que te permiten darte cuenta que Osaka es realmente diferente al Japón que hemos visto hasta el momento.

Perderos por el barrio de Dotonbori. Os preguntareis si estáis en Osaka o en Blade Runner. De vuelta al hotel, nos encontramos con un transeúnte estirado en el suelo. “No le pasa nada”, nos dice un señor asustado por nuestras caras de espanto. “Simplemente está borracho”, añade. Bienvenidos a Osaka.

Esa noche acabó el Japón medieval, imperial y tradicional. Por delante, se presentaban 5 días en Okinawa.

Osaka, de noche
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En el templo del Gran Buda